A los 94 años falleció Sidney Mintz, uno de los padres fundadores de la antropología de la alimentación. Su libro más célebre y difundido es “Dulzura y poder. El lugar del azúcar en la historia”, que redactó a fines de la década de 1970, aunque fue publicada en inglés por primera vez en 1985 (su primera edición en castellano la publico la editorial Siglo XXI en 1996). Esta obra fue revolucionaria tanto desde el punto de vista metodológico como conceptual. Puesta como ejemplo de etnografía multilocal, es el resultado de un trabajo de campo realizado a lo largo de más de 30 años en plantaciones e ingenios azucareros de Jamaica, Puerto Rico y Haití, y al mismo tiempo un poderoso alegato de la historia como disciplina aliada: sin la historia la la capacidad explicativa de la antropología se vería seriamente reducida, afirmaba el autor nacido en New Jersey en 1922. Esta fascinante biografía del azúcar revisa los cambios de significado social que tuvo la producción y consumo de sacarosa a lo largo de la historia y llega a proponer no sólo que el azúcar fue el secreto motor de la Revolución Industrial, sino que la Revolución Industrial antes que iniciarse en Inglaterra, como afirma la tesis tradicional, tuvo lugar primero en el Caribe.

En castellano también se puede encontrar “Sabor a comida, sabor a libertad: incursiones en la comida, la cultura y el pasado”, que tradujo y publicó Ediciones dela Reina Roja en 2003. Se trata de una compilación de artículos en los que sin abandonar el rigor académico acude a un estilo ensayístico y hasta intimista para proponer teorías fértiles y persuasivas. En estas páginas vuelve sobre el papel de los esclavos, el azúcar y algunos sus derivados modernos, como la Coca Cola –y su vinculación con la Segunda Guerra Mundial- en la historia moral de este producto que en buena medida ha modelado la vida –y sobre todo el consumo- contemporáneo. En definitiva, para Mintz la alimentación es un campo en el que se expresa la confrontación política, o lo que es igual, afirma que las cocinas surgen del cambio político y conforman, ante todo, un discurso social compartido. En estas páginas retoma la idea propuesta en otros trabajos de la las cocinas nacionales son, ciertamente, “cocinas imaginadas”. En el artículo final de este libro arriesga otra tesis controversial: afirma que Estados Unidos no tiene una cocina propia porque no existe la práctica continua de cocinar.

Original, seductor, erudito y dueño de una notable claridad expositiva, Mintz con su obra sentó sólidos cimientos para que otros autores e investigadores continúen construyendo un corpus bibliográfico para comprender la alimentación como síntesis y expresión de un proceso social altamente complejo. Sid6